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![]() | MEMORIAS DE UN DESMEMORIADO | ![]() |
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Mi abuela solía decir que en los tiempos de vacas gordas había que guardar para los de vacas flacas y que para eso se construían los pantanos. Yo, la verdad, nunca llegué a entender la utilidad de un embalse lleno de vacas, algo que me pareció siempre de lo más grotesco. Lo cierto es que mi abuela chocheaba de lo lindo, pero como entonces se estilaba aquello del respeto a las canas, había que fastidiarse. Al que no hacíamos ni caso era al abuelo, porque era completamente calvo. Un día se hartó y se marchó a ultramar a hacer las Américas. El chasco que se llevó al comprobar que ya estaban hechas fue de campeonato y volvió a casa con el rabo entre las piernas. Desde entonces se dedicó en cuerpo y alma al estudio del griego clásico.
En mi pueblo también había Tonto del Pueblo. Le bautizaron como
Sisebuto, y claro, así no iba a salir ingeniero. También había algunas
cabras, un alcalde que no había estudiado en el extranjero, un pastor que
tocaba fatal la flauta, una iglesia románica llena de remiendos como todas
las iglesias, una fuente cantarina que no dejaba dormir a nadie y un
cementerio muy mono, pero muy chiquitín, en el que había que pedir plaza
con años de antelación. Mas lo mejor del pueblo era el Pinar del Moro. Por
allí nunca había habido ningún moro, pero es lo mismo, porque tampoco era
un pinar sino una chopera. Algo más lejos del pueblo discurría un río muy
perezoso. Traía poquísima agua y, cuando los del pueblo de arriba se
enfadaban, lo tapaban poniendo un pedrusco en el cauce. Sin embargo, era
tan escaso el caudal del riachuelo que ni siquiera le daba para llegar al
mar, y tenía que darse la vuelta y regresar a su nacimiento. Así que
tenían que quitar el pedrusco para que no se les secasen sus propios
nabos.
Lo más divertido eran las fiestas patronales. Se celebraban varias
veces al año, porque el patrón del pueblo tenía un nombre muy popular en
la época en que vivían los santos; había varios santos de igual nombre y
nadie sabía cual era el bueno. Gentes piadosas los vecinos, celebraban
todos por si acaso. En las fiestas nos ponían el traje de los domingos.
Era un acontecimiento muy importante porque, para no gastarlo, no nos lo
poníamos ningún domingo. Venía una orquesta de muy lejos, pues en su
tierra ya les conocían y nadie les contrataba, y había verbenas muy
animadas por las mañanas. El día grande de las fiestas se sorteaba un
terrón de azúcar y se sacaba al patrón. Tal era la causa del creciente
deterioro de la imagen; era un santo muy cabezudo y siempre acababa
perdiendo el equilibrio. Un año vino un vendedor de escobas, que tuvo
mucho éxito de público y crítica.
Lo más aburrido de todo era la escuela. Aprendíamos la tabla de los reyes godos y la lista de multiplicar. El maestro era un tío muy bruto y muy feo, con un mostachón de bigotes. No paraba de usar la regla en toda la lección y hacía las líneas torcidas en la pizarra. Si sería animal que un día le pusimos una chincheta en la silla y nos castigó por hablar en clase. Había una vitrina llena de libros. El maestro nos llevaba ante ella de vez en cuando y la agitaba un poco para que emanara cultura y nos empapáramos de ella. La escuela era muy pobre y sólo tenía un periódico de abril del 39 como libro de texto.
Lo más grande que tenía el pueblo era el monte. Se
trababa de un monte muy hermoso, que se veía incluso desde las localidades
limítrofes. Era el orgullo de todos los lugareños y cada noche venía uno a
vigilarlo para que no viniera un americano a llevárselo piedra a piedra.
También
poseíamos un grifo. Los vecinos se iban turnando y cada mes lo tenía uno en
su casa.
Luego me mandaron a estudiar a los frailes de Santo
Tomás de la Colleja, en la capital, donde aprendí a decir
Esternocleidomastoideo, que es un lago de la China.
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© 1996, 2000 by Álvaro G. Vicario
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