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CUENTOS INCONCLUSOS

La muerte fue a buscar al joven Federico un aciago martes por la tarde. Pero ese día Federico se entretuvo con los amigotes y la muerte estuvo tres horas esperándole en su apartamento. Finalmente, aburrida, la muerte se hartó de esperar y se llevó al vecino de la puerta de enfrente, un señor mucho más formal que el joven Federico.


Doña Francisca era increíblemente minuciosa y limpiaba todos los días los cristales. Tan transparentes los dejaba que los gorrioncillos no se daban cuenta de su existencia, y todos los días recogía con el paletón un montón de pajarillos que, creyendo despejado el camino hacia las migas de la mesa, se estrellaban contra los cristales de Doña Francisca.


El borrico Soplillos era muy juguetón y gustaba de matar moscas con el rabo. Un día mató una vaca de un rabetazo. El borrico Soplillos no era muy bueno en zoología.


El morboso Don Arturo tenía el vicio de asistir a todos los entierros. Sacaba su traje negro del ropero, lo cepillaba pulcramente y acudía al camposando correctamente trajeado. Un día llegó al cementerio vestido de informal verde aceituna. Era su propio sepelio y no había tenido tiempo de arreglarse.


En casa de los Martínez había gran afición por la sopa. Todos los días, tanto en la comida como en la cena, se degustaban ricos platos de las más variadas sopas. Tal era la fama de ls sopas de los Martínez que venían moscas de muy lejos para caerse en ellas.


Una fría noche fueron a buscar al doctor Peláez a su casa. Se trataba de una angustiada madre preocupada por su hijo enfermo. El médico fue hasta el lecho del paciente y le examinó. Recetó a la madre urgentemente un par de gafas. Los horrendos lunares verdes del chiquillo no eran otra cosa que el dibujo del pijama.


La lluvia caía ruidosamente sobre los cristales de la mansión cuando el mayordomo encontró el cuerpo sin vida de Lord Butterfly. El inspector Harrods, de Scotland Yard, se personó allí inmediatamente y no tardó en deducir que la víctica se había caído por las escaleras y tal accidente le había causado la muerte. Cuando escampó, llegaron los empleados de las pompas fúnebres y se llevaron al difunto del desván.


Jean-Pierre de Burdeaux era el mejor espadachín del cuerpo de Mosqueteros y tuvo ocasión de demostrarlo en aquella posada repleta de bandidos y maleantes. El elefante rosa no tuvo la menor oportunidad.


El carnicero de Hillwaters fue detenido después de un intenso trabajo de investigación policial. Le arrestaron cuando se disponía a volver a su casa. Aún estaba cubierto de sangre y a más de un agente se le revolvió el estómago cuando volvieron con él al local que acababa de abandonar. Llevado ante el juez, se celebró el juicio y le fue impuesta una pena severa. El carnicero de Hillwaters nunca más volvió a vender carne de gato en vez de liebre en su pequeño comercio de alimentación.


El HX-1984PZ era el más potente ordenador jamás construido. Su gigantesca memoria y su prodigiosa capacidad de cálculo lo hacían único entre los ordenadores de todo el mundo. Era capaz de resolver en minutos problemas que a otros les llevarían años. Hasta que, en un descuido del programador, un gracioso le preguntó que qué fue antes, si el huevo o la gallina, y el fabuloso ordenador se quedó tonto.


La abuela virtudes era muy querida por todos sus convecinos. Era una ancianita simpática e incapaz de hacer daño a una mosca. Cada mañana salía a la puerta de su casa y regaba con amor sus plantas. Tenía macetas con muy variadas especies vegetales, muchas de ellas desconocidas en el pueblo, y las cuidaba con gran mimo. Pero una triste mañana uno de los tiestos se comió al cartero, y los vecinos ya no volvieron a mirar con tanta simpatía y confianza a la abuela Virtudes.